10 anys sense Pablo Díez: Ni oblit, Ni perdó

pdFa deu anys de l’acomiadament, i posterior suïcidi, del conductor d’autobusos de TMB, Pablo Díez.

Van ser necessaris 7 mesos de mobilitzacions dels treballadors i treballadores d’autobusos (vagues el 8 i 9 de maig de 2004, manifestacions, concentracions, etc.) per a que la Direcció reconeixes en un acte de conciliació al Jutjat de lo social nº7 la improcedència de l’acomiadament (26/10/2004).

Malgrat reconèixer la Direcció el seu error en els jutjats, en assumir l’improcedència del seu acomiadament, els directius de TMB van continuar sent els mateixos. Ningú va ser cessat, ningú va assumir cap responsabilitat.

En aquests anys han canviat algunes cares en la Presidència de TMB, però el caciquisme continua sent el mateix.

La Coordinadora Obrera Sindical (COS) no oblidarà mai aquest company i la injustícia que amb ell es va cometre.

Per conèixer més la història de Pablo Díez:

-Web sobre el cas de Pablo Díez

-Cronologia dels fets

-Pablo Díez: la otra cara de TMB

Article de Gregorio Morán a La Vanguardia (26/6/04):

Un chofer de autobús se suicida

¡Qué difícil es ser feliz! O quizá habría que precisarlo más y decir: ¡Qué difícil es que te dejen ser feliz! Ésta es la historia de un hombre que fabricó su ruina sin pretender otra cosa que alcanzar un poco más de la felicidad doméstica que ya tenía. Quizá debería haber pensado que cuando alguien es dichoso y la vida le rueda, aunque sea a trompicones y rodeado de gentes al acecho para joderte la existencia, lo mejor es disimular y que no se note. Pablo Díez Cuesta, conductor de autobús de Tansports Metropolitans de Barcelona (TMB), hubiera cumplido el próximo miércoles 48 años de no ser porque quería tener más tiempo para dedicarlo a los de su casa y, sobretodo, poder asistir a los partidos de fútbol de su hijo José Luis, que por cierto no era suyo, sino de un anterior matrimonio de su mujer, pero como si lo fuera. Y por supuesto hubiera cumplido años si eso que se da en llamar ser humano no fuera un animal despreciable al que ponen galones de mando. ¿Cuántos hijos de perra se pueden cruzar en tu camino dispuestos a hundirte la vida de tal modo que sólo te queden dos opciones, la humillación o la muerte?

Ésta es una historia muy sencilla que nadie se ha molestado en contar porque hace ya muchos años que la gente de por acá se olvidó de cuando se emocionaba con los titulares de las novelas de Paco Candel, Ha muerto un hombre, se ha roto un paisaje. ¿Quién, fuera de los suyos, va a preocuparse por Pablo Díez Cuesta, natural de Castrillo de Rucios – un pueblo difícil de encontrar hasta en el mapa, allá en la linde norte de la provincia de Burgos a la vera del páramo de la Masa -, hijo menor de siete hermanos, emigrantes a Barcelona en los tiempos del cólera, que llevaba trabajando un buen pico de años de conductor en los autobuses del Ayuntamiento? ¿ Quién va a dedicar un reportaje a un empleado de ese ayuntamiento modélico, observatorio del mundo mundial, que ha tenido la mala fortuna de matarse cuando apenas se inauguraba el Fòrum de les Cultures, donde iban a tratarse a fondo y con brillantez los males que nos aquejan, ¡ay!, ahora que hemos engordado tanto?

Pablo Díez Cuesta, natural de Castrillo de Rucios, llevaba diecisiete años conduciendo un autobús urbano en Barcelona y aunque la vida no le había sido fácil, un matrimonio fallido, una hija por criar, al final la casualidad le abrió una luz en el túnel y encontró una mujer, que hasta en el nombre daba suerte, Maravillas – para que luego digan que el destino no juega con los nombres – ocho años más joven y con otro matrimonio errado que le dejó dos hijos. La cosa funcionó y pasados un par de años de boda y convivencia se decidieron a tener uno más, que salió niña, y que hoy es una huérfana de Díez añitos, demasiado taciturna para su edad, y que se llama Miriam. Cumpliendo a rajatabla con el horario y añadiendo otros cuarenta y cinco minutos extra todos los días y no pasándose un pelo en los gastos, la vida podía seguir hacía delante. Pero la ruta que hacía quedaba tan lejos de su casa en l’Hospitalet que eso incomodaba, y además estaban los partidos de fútbol del chaval, que no era suyo pero como si lo fuera, y así que se decidió a cambiarse de zona y agarrar otra línea más cercana a casa; el relevo lo podía hacer en la plaza Espanya, casi a tiro de piedra. Le costó pero al fin pudo hacerlo. Lo que no sabía es que iba a durar apenas tres meses llevando el autobús por la nueva línea de la Zona Franca.

La cosa empezó a torcerse con el responsable de la zona, porque hacía y deshacía los turnos de fin de semana como le salía “de la punta el capullo”, que para eso era el jefe y a él nadie le tosía; siempre a los mismos y por las mismas espléndidas razones vinculadas a lo testicular. Pablo Díez Cuesta protestó, porque ya no podía hacer lo mismo que antes y no podía acompañar a su hijo en los partidos. La queja sólo sirvió para que le anotara en el libro del te vas a enterar y en la página el próximo marrón te lo vas a comer entero, bravucón. Más tarde o más temprano tenía que ocurrir y el día aciago fue el 21 de enero. hizo el arqueo en el mismo rollo de los billetes, como hacen todos los conductores de autobús, y cortó y lo tiró o Dios sabe lo que debió de hacer con aquel maldito papel, y empezó a despachar billetes. pero aquel día estaba llamado a ser un día aciago. Subieron un par de inspectores y una señora enseñó el papelito del arqueo, que muy bien podía haberlo recogido del suelo, y aseguró que aquella especie de billete se lo había vendido el conductor.

Los inspectores hicieron el parte de incidencias y empezó la tragedia anunciada para Pablo Díez Cuesta, acusado de quedarse con un euro y diez céntimos. El expediente siguió su curso. Nunca había tenido enfermedad alguna digna de mención fuera de una tendinitis, por práctica de deportes. Su historial clínico es impecable, ni una depresión ni un tratamiento especial. El matrimonio iba como una balsa. Pero a partir de aquel 21 de enero y el expediente algo le hacía temer lo peor, y empezó a dormir mal. posiblemente no conocía el famoso principio según el cual si algo es susceptible de empeorar, lo más probable es que empeore. Y así ocurrió a los dos meses casi exactos. El martes del pasado 30 de marzo le comunicaron que estaba despedido. pero las empresas, ya se sabe, no son desalmadas, tienen su corazoncito, aunque sea vil y ratonero, pero para que no se diga le hicieron una suntuosa oferta.

Como seguir negando que él se hubiera quedado con el euro y los diez céntimos de la empresa no les parecía razonable, debía aceptar que se los había embolsado, y si reconocía el hurto, le empresa le readmitiría en seis meses, aunque, eso sí, le retiraría la antigüedad y las antiguas condiciones económicas.

La foto fija es ésa. Un hombre de 47 años, conductor de la empresa municipal de transportes de Barcelona desde hace 17, padre responsable de cuatro hijos, casado y feliz con Maravillas, ha de asumir que robó un euro y diez céntimos si quiere sobrevivir a la selva laboral y a la hipoteca. El teléfono móvil de Pablo Díez Cuesta es azul y cuando se enciende salta un mensaje que dice: “¡Aúpa, Burgos!”. Llamó a su mujer a las dos de la tarde del martes 30 de marzo para decirle que acababan de darle la carta de despido y también le contó que le ofrecían readmitirle a los seis meses si aceptaba que era un ladrón, que se había quedado con el dinero. Con una voz calma le explicó a ella que no se preocupara, pero que no quería ir a casa, que quería pensar, que quería estar sólo para pensar. Transcurrieron unas tres horas, que Maravillas se pasó mandándole mensajes al móvil, diciendo todas esas palabras que puede imaginar una mujer enamorada que otea un peligro inminente: que todo podía superarse, que seis meses pasan en seguida, que ella sabía muy bien de su honradez, que los hijos no dudarían jamás de él, en fin, esas cosas que se dicen cuando se tiene el corazón roto y la sensación de que ya nada será igual pero que hay que intentarlo.

A las cinco volvió a llamar él. Dijo que estaba bien, pero que no quería volver a casa porque deseaba seguir pensando, y sobretodo que no se preocupara, que cualquier cosa que hiciera siempre sería pensando en ella y en los hijos, en los cuatro. A partir de aquí ya no se sabe más, al menos, yo no sé nada más, aunque no es difícil imaginarlo.

Un hombre vestido con el traje de chófer de los autobuses de Barcelona – pantalón gris, camisa a rayas blancas y rojas – , reforzado con un anorak, camina tratando de encontrar una salida donde inevitablemente sólo hay dos puertas: o la humillación o la muerte. Ese hombre escoge la muerte porque es la única manera que tiene de demostrar la tropelía que se ha cometido con él y devolver la dignidad a los suyos. No hay otro medio. ¿Pleitear? Eso lo pueden hacer los ayuntamientos, los sindicatos, lo entes que parecen siempre anónimos porque nunca nadie se da por aludido. Pero la carta de despido lo dice bien claro, lo único que dice bien claro es que está dirigida a Pablo Díez Cuesta. Y decide morir. No nos detengamos ahí. Ayudémosle en el gesto. Un hombre espera a la noche para ahorcarse, porque nadie puede morir así en pleno día, rodeado de mirones. Hay que esperar a la noche, pero antes, escoger el sitio, y hay que ir a comprar la cuerda, porque nadie guarda una cuerda en un almacén para el momento supremo, y porque no se venden cuerdas para suicidas, hay que medirla bien y decidir que tiene le grosor adecuado y que se va a deslizar sin que haga un daño excesivo, porque nadie tiene experiencia de aquello que sólo se puede hacer una vez en la vida. O fue de otro modo. Aún es el día que nadie de los suyos sabe ni los resultados de la autopsia.

Bastaría el alegato de este hombre ahorcado junto al Polvorí, en Montjuïc, para por tierra todas las paparruchas sobre las culturas, los foros, los fantasmas, los brillantes discursos multilingües. Pablo Díez Cuesta no tuvo tiempo de pensar – él, que pasó una tarde tan larga que sólo de imaginarla me estremezco -, no tuvo tiempo de pensar que su muerte coincidía con el Fòrum y que apenas sería un recuadro insólito en página par entre las glorias de los fastos. La Guardia Urbana de Hostafrancs le dio a la viuda las pertenencias del muerto: la cartera, el móvil azul que dispara un “¡Aúpa, Burgos!”, el anillo, una cadena, las gafas de sol y la carta de despido. Se ahorcó vestido de conductor del Ayuntamiento. Cuentan que su entierro se celebró en Collserola, un sábado, y que se desbordaron las dos salas de compañeros que fueron a llorarle. Afirman que no fue ni un sólo fotógrafo. El Fòrum de les Cultures acaparó todos los profesionales de guardia aquel fin de semana. La verdad es que hubiera servido de poco, pero al menos la familia tendría una gesta para enmarcar y sentirse orgullosa cada vez que la contempla.

2 comments

  1. hollin

    Desgraciadamente este país está lleno de encargados y directivos hijos de puta, y así de mal van las empresas, y así de maltrechos andan los lomos de los buenos trabajadores. Aquí no se indica el nombre del “responsable de la zona”, seguramente individuo insignificante y amargado como suele pasar en estos casos, a todos los de tu calaña sólo les deseo una cosa, que todo el daño que hacéis a la gente se os sea devuelto, ni más ni menos, sino exactamente la misma cantidad de malas intenciones, desgracia y podredumbre.

  2. hollin

    Y en comentario aparte, no quiero dejar de hacer llegar a los familiares y allegados de la víctima mis condolencias. Ojalá pueda haber cada vez más gente como los incombustibles miembros del sindicato Cos y otros muchos buenos trabajadores de Tmb que sigan luchando contra las injusticias. Gracias

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